Arthur Fairchild observó el rastro del vehículo de Declan Westerfield hasta que se perdió en el tráfico de la ciudad. Podía sentir el fuego del orgullo que le quemaba el pecho. Ver a Declan proteger a Valentina de esa forma, como si fuera una joya invaluable y sagrada, le producía una rabia sorda. Le irritaba que otro hombre ocupara el lugar que él mismo había desechado, pero sobre todo, le enfurecía que Valentina ahora fuera, de facto, intocable.
—Cree que ha ganado —masculló Arthur para sí mi