La noche en la mansión Westerfield no era un espacio para el descanso, sino un escenario para la paranoia. Eleanor permanecía sentada en su sillón de terciopelo, con la única luz de una lámpara de pie iluminando su rostro endurecido. Sus ojos, fijos en la pantalla de su teléfono, apenas parpadeaban. Parecía una depredadora esperando que su presa cayera en la trampa. No había dormido; la sola idea de que Declan estuviera reconstruyendo su vida lejos de su control la consumía como un ácido.
Silas