El silencio en el pequeño apartamento de Florencia solo era interrumpido por la respiración pausada de Valentina. Declan no se había movido de su lugar junto al sofá; la observaba con una fijeza casi devota, grabándose cada facción, cada rastro de cansancio en su rostro. En la penumbra, su determinación se solidificó: no podía apartarse, no otra vez. Si tenía que luchar contra el mundo entero, contra su propia familia o contra el orgullo de ella para obtener una segunda oportunidad, lo haría. Y