La luz de la tarde entraba oblicua por los ventanales del Penthouse, alargando las sombras en el estudio donde Declan intentaba concentrarse en unos informes financieros. Sin embargo, su mente seguía fragmentada, como un espejo roto que intentaba recomponerse pieza por pieza.
Dorian, sentado frente a él, decidió que ya no podía protegerlo más de la realidad exterior. El silencio era un lujo que ya no podían permitirse.
—Hay algo más, Declan —dijo Dorian, dejando su copa de agua sobre la mesa co