Recostado en la enorme cama, Mason pensó en Clarisse, su bella y amada rebelde. Extrañamente, su pecho ardía de solo pensar en que sufriera por su causa; nada le haría más feliz que verla sonreír todo el tiempo y que sus preciosos ojos, del color de la miel recién sacada del panal, brillaran solo por él. Se sabía un egoísta, ya que la quería solo para sí mismo, y con el amor que le demostró en aquel último beso que se dieron al despedirse, estaba más que seguro de ella.
Su cuerpo reaccionó a lo