Mason cerró los ojos, evidentemente incómodo. La desconocida se acercó y le sonrió como si fuese un ángel enviado del cielo para hacerle pagar cada uno de sus pecados en la tierra.
Parecía una muñeca de porcelana con rizos dorados y ojos verdes que se aclaraban al mirarlo; el rubor en su piel delataba la vergüenza que sentía al estar cerca de un hombre de su calibre y, tal vez, de su porte real. Pero él no se tragó el cuento de la joven; aunque era preciosa, todo en su interior le gritaba: peli