— Salgamos al jardín, Clarisse —pidió Anston, tratando por cualquier medio de tranquilizarla.
— Creo que es lo mejor. Sabes bien lo rencorosa que soy —levantó una ceja inquisidora, a lo que él asintió sin ningún problema.
— Tengo algo para ti —dijo, recordando la carta que un mensajero había traído más temprano mientras las jóvenes Morrison daban su paseo de buena mañana—. Creo que esto te hará despejar esos pensamientos delictivos en contra de Charles Bennett. —Ella se carcajeó falsamente.
— ¡