Esa mañana, por primera vez en muchos días, la familia Morrison tomó el desayuno en una paz sosegadora, ya que la causa del infierno se había solventado, o al menos en un buen porcentaje. Clarisse sonrió un poco avergonzada recordando su arrebato en la biblioteca y no le pasó desapercibida la mirada seria de su padre; bajó la vista hacia su plato, esperando que no sacara el tema o por lo menos no la retara por estar sentada en el regazo de su prometido.
— Clarisse —la aludida atendió a la voz d