Después de aquel episodio en el jardín, Ciro decidió que necesitaba despejarme.
—Te vendrá bien respirar aire fresco —dijo.
Y por una vez no discutí.
Esa misma noche nos fuimos a la playa.
Solo nosotros. Sin guardias cerca.
El mar estaba en calma. La luna llena se reflejaba sobre el agua como un espejo de plata. No había nadie en kilómetros a la redonda. Solo arena fría bajo nuestros pies, el sonido de las olas y un cielo estrellado que parecía infinito.
Caminamos descalzos junto al agua por un