Los días siguientes transcurrieron con una normalidad casi absurda. O al menos lo más parecido a la normalidad que podía existir en una fortaleza llena de hombres armados.
Desayunos en la terraza. Paseos por los jardines con Nico corriendo delante de nosotros. Tardes tranquilas en la biblioteca.
Y sesiones de entrenamiento que Ciro insistía en mantener. Aseguraba que debía mejorar mi puntería, sin saber que yo ya era mejor que la mitad de sus hombres. Me dejaba corregir. Fingía fallar de vez en