Sara se quedó de pie junto a la puerta, sin atreverse a dar un paso más. No era la Sara que recordaba. La que me había amenazado, la que me había empujado, la que había intentado envenenarme. Esa Sara había desaparecido. En su lugar había una mujer demacrada, con los ojos hundidos y las manos temblorosas.
—¿A qué has venido? —repetí.
—He venido a verlos. A los dos.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Henrik entró con dos jugos en la mano. Al ver a Sara, se detuvo en seco.
—¿Qué haces t