La cena fue una sorpresa.
Cuando llegamos a la cubierta principal, encontré una mesa preparada para dos. Había velas protegidas del viento, comida caliente y una botella de vino descansando en una cubitera de plata.
Me quedé mirándolo.
—¿Has preparado todo esto tú? —pregunté, incrédula.
Ciro se encogió de hombros.
—Tengo mis recursos.
—Claro. Recursos.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Y por alguna razón, aquello me gustó más que la cena.
Comimos hablando de cosas simples. Del pasado.