No recuerdo en qué momento me quedé dormida.
Solo sé que estábamos tumbados en la proa, mirando las estrellas, y que en algún momento mis párpados se volvieron demasiado pesados. El vaivén del mar, el calor de su cuerpo, la calma de la noche. Todo se juntó en una especie de sopor que me arrastró sin pedirme permiso.
Cuando desperté, estaba en el camarote. En una cama. Tapada con una manta ligera. La luz del sol entraba por una ventanilla, dorada y cálida.
Ciro no estaba.
Me levanté despacio, aú