No quería ir a esa gala de imprevisto.
Ni un poco.
Después de la carta anónima, la cruz ortodoxa y aquella maldita nota, lo único que quería era encerrarme en la habitación y fingir que el mundo afuera no existía.
Pero claramente el universo había decidido que ya no podía hacer eso.
—Tenemos que aparecer —dijo Ciro mientras terminaba de acomodarse los gemelos frente al espejo—. Si nos escondemos ahora, Iván Volkov entenderá que logró afectarnos.
Permanecí sentada en el borde de la cama observán