Después del entrenamiento terminé agotada.
No físicamente.
Mentalmente.
Porque sostener un arma otra vez había removido demasiadas cosas dentro de mí. Recuerdos que llevaba años enterrando. Versiones de mí misma que juré dejar atrás cuando crucé las puertas del convento.
Y aun así… cuando Ciro me enseñaba, cuando corregía mi postura o rozaba mis manos sobre la pistola, todo parecía menos terrible.
Eso probablemente era lo más peligroso de él.
La forma en que conseguía volver normal aquello que