La conversación en el salón continuó como si nada. Las mujeres hablaban de vestidos, de eventos, de matrimonios. Todo envuelto en una capa de cortesía tan fina que se podía rasgar con una uña.
Pero Francesca no había terminado.
—¿Sabes qué creo, Viktoria? —dijo, removiendo su café con una lentitud deliberada—. Creo que estarías mejor de regreso en tu celda. Total, no eres bienvenida aquí.
El silencio cayó inmediatamente.
Las demás mujeres evitaron mirarme directamente, pero alcancé a notar las