El aire en la cámara se volvió estático, cargado de un olor a ozono y a tierra húmeda que me irritaba la garganta. No era solo magia; era la física misma de nuestro mundo protestando. En el centro del círculo de obsidiana, el espacio empezó a doblarse sobre sí mismo como una hoja de papel quemándose. No fue una apertura suave; fue un desgarro violento, una herida supurante de luz blanca en el tejido de la noche.
—¡Ya vienen! —gritó Dante. Dio un paso atrás, cubriéndose los ojos con el brazo mie