POV: Lucien Blanc
Despertar no fue un alivio. Fue una colisión brutal contra la realidad.
Abrí los ojos y lo primero que noté fue el silencio. Un silencio sepulcral que no encajaba con el caos que martilleaba dentro de mi cráneo. Mi cabeza palpitaba como si me hubieran abierto el cerebro con un hacha oxidada. La boca me sabía a ceniza, a bilis y a algo dulce, asquerosamente dulce.
Me senté en la cama de golpe, desorientado. Las sábanas de seda negra del Obsidian estaban enredadas alrededor de mis piernas.
Entonces, el olor me golpeó.
No olía a sándalo. No olía a vainilla ni a la frescura de la nieve que siempre acompañaba a Zoé.
Olía a rosas marchitas. A almizcle sintético. A sexo rancio y sudor ajeno.
Miré a mi lado. El espacio estaba vacío. Camille no estaba. Se había ido como una sombra venenosa, dejándome solo entre los restos de su crimen.
Pero las evidencias estaban ahí. Manchas húmedas en las sábanas. Rasguños profundos en mi pecho y brazos que escocían. Y el olor... mi propio