Léo me lanzó la pistola plateada. El metal brilló en el aire, girando.
Debería haberla atrapado. Mis reflejos de cazadora deberían haber funcionado automáticamente. Pero mis manos se quedaron muertas a mis costados.
El arma golpeó mi pecho y cayó al suelo con un ruido metálico sordo, levantando una nube de polvo en el viejo almacén.
—¿Zoé? —Léo frunció el ceño, confundido—. Recógela. Vamos a cazar.
Me miré las manos. Me temblaban tanto que parecían vibrar.
—No puedo... —susurré. La voz me salió