Léo me lanzó la pistola plateada. El metal brilló en el aire, girando.
Debería haberla atrapado. Mis reflejos de cazadora deberían haber funcionado automáticamente. Pero mis manos se quedaron muertas a mis costados.
El arma golpeó mi pecho y cayó al suelo con un ruido metálico sordo, levantando una nube de polvo en el viejo almacén.
—¿Zoé? —Léo frunció el ceño, confundido—. Recógela. Vamos a cazar.
Me miré las manos. Me temblaban tanto que parecían vibrar.
—No puedo... —susurré. La voz me salió estrangulada, como si tuviera cristales en la garganta.
—¿Qué dices? —Léo se acercó, impaciente—. Camille está celebrando. Es el momento perfecto. Tienes que canalizar esa rabia, Zoé.
—¡No es rabia! —grité, y el sonido se rompió en un sollozo desgarrador que me dobló por la mitad—. ¡No es rabia, maldita sea! ¡Es que me quiero morir!
Me dejé caer de rodillas sobre el suelo sucio, abrazándome el estómago, justo sobre la cicatriz de la bala. Pero esa herida ya no dolía. Lo que dolía era todo lo de