Caminé hacia la puerta entreabierta de la suite presidencial. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sentir mi propio cuerpo.
Desde dentro, escuché sonidos. Sonidos que conocía. El gruñido ronco de Lucien. El sonido de piel contra piel. El crujido de la madera de la cama.
Y la risa de ella.
—Eso es, mi bestia... —la voz de Camille flotó hacia el pasillo—. Olvida a la niña. Olvídalo todo.
Sentí como si me hubieran arrancado el corazón del pecho con unas tenazas oxidadas.
El vínculo me transm