Caminé hacia la puerta entreabierta de la suite presidencial. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sentir mi propio cuerpo.
Desde dentro, escuché sonidos. Sonidos que conocía. El gruñido ronco de Lucien. El sonido de piel contra piel. El crujido de la madera de la cama.
Y la risa de ella.
—Eso es, mi bestia... —la voz de Camille flotó hacia el pasillo—. Olvida a la niña. Olvídalo todo.
Sentí como si me hubieran arrancado el corazón del pecho con unas tenazas oxidadas.
El vínculo me transmitió una oleada de placer físico tan intensa que tuve que taparme la boca para no vomitar. Era el placer de él. Estaba sucediendo. Ahora mismo. Mientras yo estaba parada en el pasillo.
Empujé la puerta.
La escena se grabó en mis retinas con la claridad de una pesadilla.
La habitación estaba en penumbra. Lucien estaba sobre la cama, pero no era el hombre que me amaba. Sus ojos... Dios, sus ojos. No eran verdes, ni dorados. Eran negros, completamente dilatados, vacíos de cualquier reconocimiento o