POV: Zoé Dupont
La puerta de mi habitación se abrió y, antes de que pudiera ver quién era, mi pecho vibró. Esa cuerda invisible que me ataba al mundo tiró con fuerza.
Lucien.
Entró como una tormenta que busca refugio. Su traje italiano estaba arrugado, su cabello era un desastre y olía a kilómetros de carretera, a cansancio y, muy levemente, al miedo de otro hombre.
—Lo tengo —dijo, sin preámbulos. Su voz era ronca, agotada—. Dante lo ha llevado a las celdas de aislamiento en el sótano. Gaspard no volverá a ver la luz del sol hasta que tú lo decidas.
Solté un suspiro tembloroso, sintiendo cómo un peso que había cargado durante semanas desaparecía de mis hombros.
—Gracias —susurré.
Lucien cruzó la habitación en dos zancadas largas y se dejó caer de rodillas al lado de mi cama, ignorando la silla. Enterró su rostro en el colchón, justo al lado de mi cadera, y buscó mi mano con desesperación.
—Pensé que... —su voz se quebró, amortiguada por las sábanas—. Durante el viaje de vuelta, el ví