Narrado por Luna
Las embestidas, que comenzaron determinadas, se transformaron. La brutalidad que temía dio paso a un ritmo profundo, calculado, una precisión hipnótica. Ajustó el ángulo, y de repente... ah, Dios... de repente el dolor, como siempre ocurría, se disolvió en un calor que se extendió como fuego líquido por mis venas. Pero en ese momento era un placer aún mayor que las otras veces que habíamos tenido sexo. Era un placer surreal, arrollador, que comenzó a anularlo todo – el miedo,