Narrado por Gianluca Salvatore Bianchi
La casa olía a moho, miedo y derrota. Entré con mis hombres, armas en mano, el silencio solo roto por el crujido de nuestros pasos en el entarimado de madera podrida. Y allí, en el despacho iluminado por una única lámpara débil, estaba él. Pablo Rossi. Más viejo, más gordo, con los hombros encorvados por el peso de doce años de huida, pero con los mismos ojos que recordaba —aún dignos, aún desafiantes, incluso ante el fin.
— Si has venido a hacerlo, amigo,