Isabella
I. La Caricia del Viento Salado
El viaje de Santiago a Valparaíso fue un acto de descompresión violenta. Dejé atrás la pulcra geometría del Acero, la obsesiva simetría de los barrios altos, y me lancé a la anarquía de la costa. El auto blindado, discreto en su color grafito, devoraba los kilómetros bajo mis órdenes. Yo era la única conductora, la única vigilante.
Mi muñeca, despojada del reloj de rastreo, se sentía extrañamente ligera. Era la libertad más peligrosa que Alejandro me había concedido. La Ceniza estaba suelta, pero con una nueva cadena, más pesada que el metal: la responsabilidad irrevocable del Legado.
Marie había enviado su mensaje a través de la luz: NÉMESIS. La Némesis no era la venganza de un enemigo; era el castigo del destino diseñado por un amante. Elías no habría dejado ese cabo suelto por descuido; lo había dejado como un último regalo para mí, una llave de autodestrucción en caso de que yo fallara en la elección.
Valparaíso es un caos vertical, una ciu