Isabella
I. El Ritmo de la Devastación
El tren de alta velocidad Proyecto Odisea ya había alcanzado su velocidad de crucero de 200 kilómetros por hora cuando la Ceniza tomó el control. La cabina de mando, una maravilla de fibra de carbono y cristal, se sentía como una cápsula de pánico suspendida sobre el sur de Chile. Afuera, el paisaje se difuminaba en líneas verdes y marrones; dentro, el mundo se había reducido a la respiración entrecortada del Dr. Werner Haas y el tic-tac invisible de la cuenta regresiva.
—Cuatro minutos, Haas —dije, mi voz calmada, forzando la estabilidad en un ambiente que Alejandro había llenado de terror.
Alejandro Cifuentes, el Acero inquebrantable, estaba en la entrada de la cabina, su cuerpo una barrera de contención. Él era un guardia; yo era el cirujano. Haas, el arquitecto de Odisea y el peón de Marie Moreau, temblaba sobre la consola central, incapaz de ingresar la secuencia de comandos de voz que revertiría el sabotaje de Elías.
—No… no puedo recordarl