Isabella
I. El Significado del Cronómetro Atado
El amanecer en Santiago era frío, pero la calefacción de la mansión de Alejandro Cifuentes era implacable. Me desperté sin alarma, mi cuerpo ajustado al ritmo de la Ceniza: alerta constante. Lo primero que hice fue mirar mi muñeca. El reloj de rastreo seguía allí.
Alejandro lo había arrojado sobre la mesa de operaciones al regresar de Skopie. Luego, lo había tomado y lo había abrochado de nuevo, no como un grillete, sino como un símbolo de codependencia.
—Si te lo quitas, nuestra estabilidad se rompe. Si lo llevas, sé que estás en el campo de batalla, a mi lado —había dicho él.
El reloj ya no era un simple dispositivo de GPS; era el ancla del Pacto de Ceniza y Acero. Me permitía el acceso total a la mansión, a mi hijo, a la estructura corporativa, pero a cambio, me convertía en una extensión de su sistema. Yo era un satélite indispensable en la órbita de su tiranía. Una prisionera con privilegios, una pieza clave en el ajedrez que no pod