Alejandro
I. El Regreso de la Ceniza
El aire de mi oficina nunca había estado tan cargado. Aterrizamos en Santiago a las 3:00 a.m., y a las 4:00 a.m. estábamos en la sala de operaciones. El jetlag y la adrenalina luchaban en mi cuerpo, pero la verdadera batalla era psicológica. Isabella había regresado. Había cruzado un océano, negociado la llave de la destrucción con la esposa de su ex-amante, y había vuelto al confinamiento por la única razón que nos unía: el Legado.
La clave de encriptación que ella había memorizado, Z3M-R4E-9P0-H7J-L1C-X6T-F8K-Q5G, estaba garabateada en un pizarrón de vidrio de mi oficina, brillando bajo la luz de los monitores. Era la ecuación de nuestra mutua aniquilación.
—Tenemos 48 horas desde la conclusión de tu negociación para liquidar a Gabriel Herrera antes de que Marie cancele el depósito en Suiza —dije, sintiendo el filo de la urgencia en mi voz—. Y solo tenemos un punto de anclaje: Valdés, Panamá, y la conexión de Elías con los puertos obsoletos.
Isab