Isabella
El sol de Foz do Iguaçu era una sentencia. El aire, denso y cargado de humedad del río Paraná, me envolvía. Había salido del inframundo del túnel y ahora caminaba por los bordes de la civilización, una figura patética, cubierta de barro seco, con un bebé en brazos. Anna Pérez era una indigente, y esa era mi fortaleza.
El Cerberus de Alejandro estaba allí. En el 'pescador' demasiado quieto, en el coche aparcado sin matrícula. No me veían porque su perfil de búsqueda era el de una mujer sofisticada y asustada, no una figura de la Triple Frontera.
Mi primer objetivo era el anonimato total. Necesitaba desaparecer entre los millones de personas que vivían al margen de la ley. Mi única herramienta era el último remanente de mi vida pasada: un diamante de corte Marquise, escondido en el dobladillo del pañal de Adrián. Un regalo de bodas de Alejandro. El precio de mi libertad.
El Mercado de la Oportunidad.
Me dirigí a la zona de las cambistas ilegales, un nido de casas de cambio info