Alejandro
La oficina del hotel en Asunción se había convertido en mi centro de mando, un búnker de cristal rodeado por la caótica belleza de la capital paraguaya. Pero mi atención no estaba en Asunción, sino en el calor pegajoso y corrupto de Foz do Iguaçu.
Jara había entregado el nombre: Anna Pérez.
El mercenario, ahora exiliado en un piso franco en Uruguay bajo la promesa de mi recompensa, creía que había ganado. Se había tragado mi bluff del "dinero infectado" y me había dado la llave. Ahora