Isabella
El aire se había convertido en un veneno que quemaba mis pulmones. Cada bocanada era un castigo, cada paso una traición de mis propios músculos. El Paso El León no era un cruce de montaña; era un campo de pruebas, un confesionario donde mi cuerpo, adiestrado para la elegancia y la supervivencia de oficina, fallaba ante la realidad primitiva del Ande.
Mi visión se nublaba con el esfuerzo. La nieve, fresca y profunda en las zonas de sombra, me llegaba hasta las rodillas, obligándome a le