Isabella
El aire en la Reserva L’Ancre olía a lluvia y a pólvora invisible. Había transcurrido el lapso de las primeras dieciocho horas, la mitad de la ventana de parálisis financiera que había logrado imponer a Alejandro. El tiempo que él tardaría en anular el token de denegación de servicio era mi única moneda de cambio.
Dejé la casa de Puerto Varas a las 11:00 a.m., conduciendo un pickup anónimo, alquilado meses atrás con documentación limpia, a nombre de un ingeniero forestal. El coche blindado se quedó en el garaje, con el motor encendido y un temporizador conectado a una bomba de humo de baja intensidad. La idea era simple: cuando Alejandro encontrara el coche, pensaría que me había ido hacía unos minutos.
Mi destino era un punto de encuentro a más de doscientos kilómetros, cerca de Osorno, un pueblo agrícola rodeado de volcanes y silencio. Mi objetivo era la caja de identidad.
La traición de Park no había sido total. Antes de mi fuga, había copiado la información de sus chips c