Alejandro
El aterrizaje en Puerto Montt no fue una llegada; fue el impacto de un proyectil. El jet privado, una máquina de precisión suiza, tocó la pista con brusquedad, reflejando el estado violento de mi propia mente. Bajé la escalerilla sin esperar a la tripulación, sintiendo el aire frío y húmedo del sur como un aguijón en el rostro. El reloj marcaba las 6:30 a.m. Habían transcurrido solo dos horas desde que había descubierto la traición, y el tiempo ya se sentía como un enemigo irrecuperable.
Mi equipo de seguridad avanzada, movilizado desde Santiago, me esperaba en la pista, vestidos de civil pero con la tensión palpable de soldados listos para el combate. Al frente estaba Romero, mi jefe de operaciones terrestres, un hombre que no hacía preguntas, solo cumplía órdenes.
—Señor Cifuentes, la PDI está cooperando. Han establecido puntos de control discretos en las rutas hacia Bariloche y la Carretera Austral. La orden de Secuestro Parental está en vigor. Legalmente, Isabella Montes