Alejandro
El aterrizaje en Puerto Montt no fue una llegada; fue el impacto de un proyectil. El jet privado, una máquina de precisión suiza, tocó la pista con brusquedad, reflejando el estado violento de mi propia mente. Bajé la escalerilla sin esperar a la tripulación, sintiendo el aire frío y húmedo del sur como un aguijón en el rostro. El reloj marcaba las 6:30 a.m. Habían transcurrido solo dos horas desde que había descubierto la traición, y el tiempo ya se sentía como un enemigo irrecuperab