Isabella
El ambiente en la casa era un silencio viscoso, como la miel derramada que se niega a fluir. No era la calma que yo solía anhelar, sino un vacío cargado, un intermedio entre una explosión que ya había ocurrido y otra que era inminente. Bajé las escaleras esa mañana, sintiendo mis pasos tan pesados y cautelosos como si caminara sobre cristales.
Esperaba gritos, sermones, la repetición insípida de las normas y el castigo. Lo que encontré fue mucho peor: la indiferencia total.
Mis padres