Alejandro
El banco aún conservaba el calor del sol cuando escuchamos un ruido sutil detrás de nosotros. No era el bullicio normal del colegio, sino un crujido, un paso apurado. Me giré al instante, mi cuerpo ya tenso, los sentidos alertas.
Una figura apareció entre los árboles del patio, una mujer de cabello oscuro que no necesitaba presentación: Catalina.
Sus ojos brillaban con una mezcla de ira y satisfacción. Nos observaba, con esa sonrisa fría y venenosa que había aprendido a temer.
—¿Creía