Alejandro
El sol apenas empezaba a filtrarse por las persianas de mi oficina cuando su nombre invadió mi mente de la manera más intrusiva posible: Catalina. Aún hoy, años después, esa mujer seguía siendo una tormenta en calma, un recuerdo que se negaba a morir. Y no solo porque nos habíamos separado en malos términos, sino porque su sombra amenazaba con oscurecer el frágil refugio que había encontrado junto a Isabella.
La primera vez que su nombre apareció de nuevo en mi vida fue un mensaje de