Isabella
El resto del día lo pasé con esa presión incómoda en el pecho, como si Catalina hubiera dejado un rastro invisible que no podía quitarme de encima. No me atrevía a mirar mucho a mi alrededor, pero sabía que Alejandro lo hacía por mí.
Cuando llegué a casa, mamá estaba más silenciosa de lo habitual, pero sus miradas eran cuchillos. Papá, en cambio, no se contuvo. Me llamó a la sala con voz seca.
—Isabella… —comenzó, con ese tono que siempre usaba cuando no había escapatoria—. ¿Quién es A