En casa de Regina…
Los labios de Gabriel se movieron, a punto de formar una palabra, pero ella se le adelantó.
—Eso de que se puede perdonar y olvidar no aplica en un matrimonio. Si yo ignorara todo y volviera contigo, ¿qué pasaría con el bebé que perdimos? Él me odiaría, y yo jamás podría perdonarme a mí misma. Además, no todos los errores se arreglan con un “perdón” o con dinero. Entre tú y yo no solo está la vida de ese bebé, sino también tu infidelidad. No puedo perdonarte. Dices que quieres ser un buen esposo y un buen padre, pero eso ya no tiene nada que ver conmigo. Lo nuestro se acabó hace mucho tiempo. Búscate a alguien que te quiera.
Al terminar, Regina forcejeó de nuevo para soltar su mano, pero él seguía sin ceder. Ella ya no sabía qué más decirle, sintiendo una frustración que le quemaba por dentro. Sin embargo, la diferencia de fuerza entre un hombre y una mujer es una realidad, y enojarse no serviría de nada.
Dejó de luchar y lo miró con una dureza inquebrantable.
—No ha