En cuanto la señora Luna terminó de hablar, varias miradas se clavaron en la mano de Regina. La tenía entrelazada con la de Sebastián, y aunque intentó esconderla, ya era demasiado tarde.
Alicia vio el anillo de diamantes que su hija llevaba en el dedo anular y sintió que se le subía la sangre a la cabeza.
—Regi…
—Ay, ya me dio hambre. Ali, por qué no se van a platicar a otro lado tú y Regi mientras nosotras pedimos la comida.
Silvia se dirigió hacia el salón privado que habían reservado. La señora Luna habría querido quedarse a ver el drama, pero la señora de la Vega siguió a Silvia, y no era apropiado que ella se quedara sola. No le quedó más remedio que entrar también.
Una vez que la puerta del privado se cerró, el pasillo quedó solo para ellos. Cuando Alicia iba a hablar, Sebastián se le adelantó:
—¿Por qué no pasamos a sentarnos para hablar?
Por el pasillo no dejaba de pasar gente; no era lugar para una conversación así. Pero Alicia ya no tenía ningún interés en comer.
—Ven a casa