Gabriel aferraba el celular, mientras la tensión se marcaba en su mano. Ya sabía que el bebé se había perdido. No podía creer que Regina hubiera sido tan cruel como para interrumpir el embarazo. O quizá, si lo hubiera sido, él tendría la excusa perfecta para buscarla, para vengarse y obligarla a quedarse a su lado hasta que le diera otro hijo.
Pero ahora sabía la verdad: no lo había perdido por voluntad propia. Recordó la llamada que ignoró aquella noche, y la culpa y el remordimiento lo estaban destruyendo. La expresión de su cara era tan severa que paralizaba.
La mujer se arrodilló, con las piernas temblando.
—Se… señor Solís, yo puedo disculparme públicamente con la señorita Morales en redes sociales, se lo juro. Por favor, no despida a mi esposo…
Gabriel levantó la vista, y en sus ojos solo había un vacío insondable.
—Fuera.
La mujer, aterrada, intentó responder, pero Alan le hizo una seña discreta para que lo siguiera y saliera de ahí.
***
En cuanto la puerta se cerró, Gabriel vo