Regina vio aquella cara siniestra y el corazón le latió desbocado, pero se obligó a mantener la calma. Se dio cuenta de que no estaban en la ciudad; la zona estaba tan desierta que escapar era imposible.
—¿Quieres dinero? Te puedo dar lo que pidas, ¡lo que sea!
Regina siempre había valorado el dinero, pero, comparado con su vida, le parecía insignificante. Mientras siguiera viva, siempre podría ganar más. Si moría, todo se acabaría.
El hombre la miró a la cara, luego bajó la vista para recorrer