A Regina le tembló la mano y el aplicador de polvos rozó los labios de Sebastián.
—Perdón.
Tomó una toallita húmeda para limpiarlo, pero él le sujetó la mano con fuerza.
—Todavía no me has contestado.
Ella intentó retirar la mano, pero él no la soltó, obligándola a mirarlo.
—Tengo novio.
—Ya lo sé.
Ella se molestó.
—Entonces, ¿por qué no me sueltas?
—Solo tienes novio, no estás casada. ¿Por qué no pruebas conmigo?
Era una declaración en toda regla. Le estaba diciendo, sin rodeos, que quería algo