Él guio la mano de ella hacia abajo.
Se sonrojó e intentó soltarse.
—Me drogaron.
Dejó de forcejear y abrió la boca, confundida.
—¿Qué te dieron?
—Tú sabes qué.
Le sujetó la mano con firmeza mientras le besaba la oreja. Su aliento era cálido y su voz, profunda y ronca.
—Recuerdo que ayer me prometiste una recompensa.
Él le había regalado un anillo y ella, en efecto, había dicho eso. Sin embargo, al pensar en lo ocurrido el día anterior, todavía sentía un nudo en el estómago. Pero viéndolo en ese