Cuando el mesero se fue con los menús, Regina preguntó con cautela:
—Estás enojado, ¿verdad?
—¿Y no tendría que estarlo?
Ella asintió.
—Sí, claro que sí. Fui yo, tienes toda la razón en estar molesto conmigo. En serio, lo entiendo.
La actitud sumisa de ella casi hizo que Mateo relajara la expresión, pero no pudo mantener la cara seria por mucho tiempo.
—Enójate conmigo si quieres, pero ¿podrías no enojarte con Gabriel…?
—¡Pum!—
Él golpeó el vaso contra la mesa.
—¿Así que me buscaste solo para de