Capítulo 5
POV: Osborne

—Las acciones de la empresa dentro de la manada de Waterford aumentan día a día. Quiero que le eches un ojo, hijo. Como sabes, hemos mantenido una buena y estrecha relación con ellos durante mucho tiempo.

La voz de mi padre resonó en mi cabeza, aparentemente tranquila, pero traía ese mismo peso y las mismas expectativas que me habían perseguido durante años. Asentí con rigidez e intenté ocultar mi irritación.

—Lo sé, padre. ¿Pero cuándo terminará esto? —cuestioné y lo miré a los ojos—. Ya debería estar en otro lugar. Quiero hacer aquello para lo que nací, no ser la jodida niñera de nuestras alianzas comerciales.

El Alfa me estudió en silencio por un largo segundo, y luego asintió como si ya hubiera previsto mi resistencia.

—Ya veo. Pero hay un evento importante esta noche en la manada de Waterford. Quiero que asistas... con Bella.

Ah. Así que de eso se trataba en realidad.

Me burlé para mis adentros y me levanté.

—Pudiste haber dicho eso desde el principio —aclaré.

Ambos sabíamos exactamente para qué quería que fuera con ella. Quería que yo reclamara a Bella frente a todos. Quería que me emparejara con ella por su linaje político, no por amor o porque la Diosa Luna lo dijera. Por eso nunca me obligó a asistir a las ceremonias en la plaza de la manada como a los otros lobos sin pareja. Siempre tuvo a Bella en mente para mi futuro. Siempre esperaba el momento, siempre maquinaba en las sombras su plan.

Pero esa noche, yo no cumpliría ese estúpido plan.

—No iré con Bella —declaré con frialdad—. Voy con la loba que ya reclamé.

El Alfa se detuvo a mitad de un movimiento y alzó los ojos despacio hasta encontrarse con los míos.

—¿Qué acabas de decir? —exigió saber.

—Dije —repetí con calma—, que voy con la loba que reclamé.

Su rostro se torció por la incredulidad antes de que la rabia comenzara a resquebrajar su perfecta fachada de Alfa sereno.

—¡Ni siquiera te has emparejado de forma oficial en la ceremonia! ¡No te quedes ahí parado diciéndome estupideces! —me gritó.

—No lo hago —repliqué y me mantuve firme en mi postura—. La reclamé ante la Diosa Luna anoche. La reclamé de verdad, padre.

Se abalanzó hacia mí con una velocidad que me sobresaltó y me agarró del cuello de mi camisa hasta formar un puño. Su aura me asfixiaba.

—¿Qué... has... hecho? —gruñó.

—Seguí mi instinto y mi corazón —respondí con seguridad—. La amo, padre.

Su mano soltó mi camisa de golpe, pero la ira no abandonó su rostro. Aquello no era solo decepción familiar. Había traición de por medio. Para él, yo no era un hijo. Era una herramienta para expandir su poder. Y esa noche, me había atrevido a desafiar su control sobre mis decisiones.

—No quiero ser parte de tu asquerosa alianza con el Alfa Hamilton —añadí sin piedad—. Iré al evento, pero no con Bella.

Los hombros de mi padre se tensaron y apretó la mandíbula hasta que escuché el crujido de sus dientes. No dijo ni una sola palabra. Ese silencio significaba que se reservaba toda la furia, y yo lo recibí con mucho gusto.

—Con permiso —dije y le di la espalda.

Mi corazón latía con fuerza mientras salía del despacho. El peso de desafiarlo era grande, pero no detuvo mi paso.

«Mierda. Voy tarde», pensé.

«Debe estar esperando en su casa. Seguro está confundida. Quizá se siente herida porque aún no hemos llegado», gruñó mi lobo, inquieto.

«Le llevaré una flor. Algo que le guste para compensar mi retraso», le aseguré a mi lobo.

Al salir al pasillo principal, vi a mi madre, que se dirigía hacia el despacho de mi padre.

—¿Ustedes dos están discutiendo a gritos otra vez? —preguntó ella y frunció el ceño.

Negué con la cabeza a toda prisa, sin detener mi marcha.

—No, mamá. Pero de verdad necesito estar en otro lugar, ahora —respondí, cuando ya casi la había pasado de largo.

Dio un paso más cerca y bloqueó mi camino.

—Tu padre debe haber mencionado lo de Bella... —insinuó con cautela.

La interrumpí, sin querer entrar en el maldito tema de nuevo.

—Luego, mamá. Por favor, ahora no.

Me alejé a toda prisa hacia la salida y la dejé con una profunda preocupación. Llegué a mi auto que estaba en la entrada, solo para ser detenido una vez más. Esta vez por el estúpido de Alex.

«¿Qué carajos quiere ahora?», me pregunté para mis adentros.

—¿A dónde vas sin mí? —saludó Alex, con una sonrisa relajada.

Solté el aire de golpe y perdí la paciencia.

—¡Ahora no, Alex! —le grité y di un portazo a mi auto. Pisé a fondo el acelerador y me alejé sin decir una palabra más.

Conduje a una pequeña florería cercana, con mis pensamientos consumidos por Aina. En el momento en que entré al local, pude sentir cómo la atención de todas las lobas se desviaba hacia mí.

—¿Para quién creen que el futuro Alfa está comprando flores? ¿Ya tiene compañera? —susurró una loba a lo lejos, con los celos en su voz.

—Oh, Diosa, por favor, que sea para mí —rio otra loba y se arregló el escote.

«Ugh... ¿En serio se cree la gran cosa?», dijo mi lobo y me contuve para no reírme.

Pagué con rapidez, ignoré la atención innecesaria y regresé a mi auto con el ramo. Solo necesitaba verla. Mientras conducía de vuelta hacia su vecindario, mi mente vagó hacia ella: cómo se veía anoche bajo la luz de la luna, cómo se sentía su piel bajo mis manos. Apreté el volante con más fuerza. Estaba casi a punto de llegar a su calle cuando algo me golpeó.

Una ola de calor me oprimió el pecho y descendió por mi cuerpo como si fuera lava. Mi verga se puso tan dura que hasta me dolía. La estaba pidiendo a gritos. Era el mismo dolor incontrolable y primitivo de anoche, pero era mil veces más intenso. Como si una fuerza invisible y primigenia me arrastrara hacia ella por el cuello.

Entonces lo capté en el viento... Su aroma.

«Oh, Diosa».

Dulce. Potente. Jodidamente irresistible. Y no estaba contenido solo dentro de la casa. Se filtraba y llegaba hasta la calle. Joder. Eso no debía pasar. Ningún otro macho debía saber cómo olía mi compañera. Nadie debía saber que estaba entrando en celo.

Frené frente a su casa y salté del auto, con el corazón acelerado y mi lobo arañando por salir. Fue entonces cuando los vi.

Tres lobos merodeaban demasiado cerca de su entrada. Olfateaban el aire con disimulo y entrecerraban los ojos en dirección a la casa de mi loba.

Ellos también lo olían.

«Maldición. No».

Mis instintos protectores de Alfa se activaron con tanta violencia que vi todo teñido de rojo. Apreté los puños hasta clavarme las garras en las manos y caminé directo hacia ellos. Uno de los lobos, un Omega larguirucho de ojos nerviosos, se atrevió a hablar.

—Huele a una loba en... —empezó a murmurar.

—No lo hagas —dije y mi voz resonó como un trueno.

En el instante en que vieron mi rostro contorsionado por la furia, se quedaron paralizados. Ellos reconocieron que yo era un Alfa. Uno dio un paso atrás de inmediato. Los otros dos bajaron la cabeza al instante e hicieron una profunda reverencia de sumisión.

—Alfa —murmuró uno a toda prisa e intentó actuar como si no hubieran estado olfateando el rastro de mi compañera como unos malditos perros hambrientos.

No me importaba quiénes eran. No me importaba si pertenecían a nuestra manada o a la vecina. Mi mirada asesina podría haberles hecho agujeros en el cráneo.

—La próxima vez que los vea tan cerca de su casa —gruñí, con una voz baja, letal y cargada de mi poder—, volverán arrastrándose a sus hogares sin sus malditas extremidades. ¿Entendido?

No esperaron a que lo repitiera. Retrocedieron de prisa, casi tropezaron entre ellos mismos para huir de mi presencia.

Sin perder un segundo más, me di la vuelta y avancé como si fuera una tormenta destructiva hacia su casa. Sin llamar a la puerta. Sin dudarlo. Abrí la puerta de un solo empujón y seguí su exquisito aroma como un depredador enfocado únicamente en su presa.

El rastro me llevó hacia la sala de estar.

Su familia estaba reunida allí, con los rostros tensos por la preocupación.

Y entonces la vi.

Aina. Mi futura Luna.

Se balanceó sobre sus pies, con los ojos entreabiertos y el rostro pálido. Su cuerpo cedió hacia el suelo, y sin pensar en nada más, grité su nombre con desesperación.

—¡Aina!

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