Capítulo 4
POV: Aina

Tan pronto como el deportivo se detuvo frente a mi casa, me giré para mirarlo con cautela.

—¿Y cómo sabes dónde vivo? —inquirí y entrecerré los ojos con sospecha.

Él solo sonrió a modo de respuesta y exhibió esa misma sonrisa que enloquecía a cualquiera. Oh, Diosa. Ni siquiera se molestó en contestar.

—Tengo que irme —murmuré y estiré una mano temblorosa hacia la manija de la puerta.

Pero antes de que pudiera salir, el Alfa tiró de mí hacia su pecho y volvió a besarme con ganas, igual que hace un rato. No luché. Lo dejé ser y entreabrí los labios para él de la misma forma en que me lo había exigido en silencio.

—Prepárate. Vendré a buscarte mañana —ordenó Osborne contra mi boca.

Asentí con la cabeza, débil y nerviosa por la intensidad de su mirada. Me dio un último beso suave antes de que yo saliera del auto a toda prisa.

Casi corrí por el sendero hasta la puerta principal, la abrí de un tirón y la cerré de un portazo a mis espaldas. Mi corazón seguía desbocado. Hasta podía escuchar mis propios latidos.

Mientras caminaba de puntillas hacia el interior, vi a mi papá sentado en el sofá de la sala, leyendo un libro con un vaso de jugo en la mano. En ese momento, mi hermano Josh bajó por las escaleras acompañado de su compañera.

—Miren quién decidió volver a casa —se burló mi mamá y se cruzó de brazos desde el pasillo.

Mi papá dejó su libro sobre la mesa y se levantó. Comenzó a caminar hacia mí. Me puse nerviosa, esperando el castigo habitual por haber llegado tan tarde de la ceremonia. Pero en su lugar, su mirada severa se fijó de lleno en mis labios.

—¿Por qué tienes los labios tan rojos e hinchados? —exigió saber con brusquedad—. ¿Eso es... una mordida?

Sobresaltada, me toqué la boca y sentí cómo ardía bajo mis dedos. Mis mejillas se pusieron rojas de la vergüenza.

—¿Y por qué carajos hueles así? —inquirió Josh y frunció el ceño con desconfianza.

Eso captó la atención de mi mamá. Se acercó a paso rápido y olfateó el aire de la sala.

—¡Sí! Hueles a un Alfa intenso... su aroma está por toda la casa —siseó mi madre y abrió los ojos de par en par. Y entonces, estalló sin filtro—: ¡¿Te le lanzaste encima a un extraño después de que el hijo del Beta te rechazara en público?! —rugió, indignada.

Suzy, la compañera de mi hermano, soltó una risita burlona desde el borde de las escaleras.

—Yo... yo no hice eso... —tartamudeé e intenté encontrar mi propia voz bajo su escrutinio.

Los ojos de mi papá se abrieron de par en par, sin creer lo que veía.

—No lo hiciste, ¿verdad, Aina? —me preguntó él.

Tragué saliva con pesadez y por fin me obligué a dar una explicación.

—Encontré a mi compañero de segunda oportunidad —confesé en un suspiro tembloroso.

Un silencio sepulcral cayó sobre la sala.

—¿Qué ridiculez estás diciendo? —se burló mi mamá, casi riéndose.

Pero a mi padre no le hizo gracia.

—¿Quién es ese supuesto compañero? —exigió saber, perdiendo la paciencia.

—Es Osborne Cliff —susurré y bajé la mirada.

La sala se congeló por un segundo. Y entonces, estallaron las crueles risas de mi papá, de mi hermano Josh, e incluso de mi mamá.

—¡¿Tú?! —rio mi mamá con crueldad y se limpió una lágrima falsa del rabillo del ojo—. ¿De verdad crees que el hijo del Alfa alguna vez elegiría a una gorda?

—¿Acaso estás borracha? —se mofó mi papá con decepción—. ¿O algún renegado cualquiera se hizo pasar por Osborne en la oscuridad y tú fuiste y te le entregaste?

Apreté los puños a los costados, sintiendo que mi sangre hervía de ira.

—No. Era él en persona —repliqué y levanté el mentón para defenderme—. Me reclamó frente a la plaza vacía, e incluso dijo que estaría aquí mañana. Me trajo a casa en su deportivo.

Las risas murieron en el acto. El silencio tenso regresó a la casa. Mi mamá corrió hacia la ventana frontal, corrió la cortina para mirar hacia afuera y luego se volvió despacio, un poco más pálida.

—¿No estás mintiéndonos para llamar la atención? —cuestionó mi papá y me miró con seriedad.

Negué con la cabeza al verlo.

—Lo juro por la Diosa, papá. Yo estaba igual de sorprendida que ustedes. Él vino a mí... me reclamó como suya, y sentí como si mi cuerpo entero estuviera en llamas por la fuerte conexión.

Me callé al recordar los besos posesivos que habían pasado entre nosotros. Mis labios volvieron a arder con el sabor de sus labios. La marca era demasiado obvia para ocultarla por más tiempo.

Mi papá miró a mi mamá, lleno de dudas. Incluso Suzy y Josh intercambiaron miradas inquietas desde las escaleras.

—Ve a la cocina a hacer la cena de una vez —ordenó mi papá al final y dio por terminada la conversación.

Asentí en silencio y salí de la sala, retirándome a toda prisa hacia los fogones. Pero incluso mientras me alejaba por el pasillo, pude escuchar sus crueles murmullos a mis espaldas.

—Esa bola de mierda se volvió loca por el rechazo de Alex —susurró la voz hipócrita de Suzy.

Ninguno de ellos me creía. Y, maldita sea, ni siquiera yo estaba segura de si todo era real. ¿Cómo podría un Alfa como Osborne Cliff, el imponente, poderoso y letal Alfa que estaba buenísimo y fuera de mi alcance, reclamar a alguien con tantos defectos como yo, una loba sin rango?

A la mañana siguiente, me desperté mucho antes de que el sol saliera. Tenía demasiadas tareas que hacer: limpiar la casa entera, preparar el desayuno para todos y, lo más importante, prepararme yo misma. El Alfa dijo que vendría, aunque no especificó a qué hora. Aun así, no podía dejar de pensar en lo de anoche... en la forma en que lo había deseado con locura. Un solo instante lo había cambiado absolutamente todo. Mi vida entera dio un giro de ciento ochenta grados en un abrir y cerrar de ojos.

Aquella mañana no se parecía a ningún otro día gris. Una extraña alegría burbujeaba en mi pecho, inusual pero cálida. Incluso mi loba estaba inquieta, caminaba de un lado a otro en mi interior y movía la cola por la alegría de volver a verlo.

—Limpia bien esa área de la sala, inútil —me ordenó mi mamá desde la mesa del comedor.

—¡Lo haré enseguida! —respondí con una sonrisa radiante.

Ella me miró como si me hubiera vuelto loca, pero no me importó en lo más mínimo.

Por alguna extraña razón, mi papá no fue a trabajar a las oficinas de la Intendencia de la Manada. Mi hermano y su compañera también estaban holgazaneando en la sala. Tenía el amargo presentimiento de que todos estaban esperando... para burlarse de mí en cuanto el día terminara sin que Osborne apareciera, lo más seguro. Ninguno creía de verdad que yo hubiera encontrado a mi compañero de segunda oportunidad. Cero confianza en mí.

Para el mediodía, sus risas burlonas hacían eco por toda la casa.

—Deberíamos llevar a Aina al centro de sanación para que le revisen la cabeza —se mofó mi hermano Josh entre risas.

—Ni que lo digas. Deberían haber visto la mirada que le dio el estúpido de Alex —coincidió mi mamá con desdén—. Asco, odio. Y cuando la rechazó frente a todo Silver Crest, ella ni siquiera se defendió con dignidad. ¿Cómo crie a una loba tan ridícula?

Sus palabras me dolieron, pero intenté ignorarlas mientras pulía el suelo de madera. Aun así... la duda comenzó a carcomerme poco a poco. ¿Por qué tardaba tanto Osborne en llegar?

Me sentí sola en el último escalón, con mis oídos atentos a cada sonido del exterior. La dulce alegría de la mañana se había desvanecido hasta convertirse en una callada y ansiosa incertidumbre.

Entonces, de pronto, el impacto me golpeó.

Un fuego salvaje y abrasador arrasó cada nervio de mi cuerpo. Mi corazón latió a una velocidad dolorosa y el aliento se me atascó en la garganta. Me costaba respirar. La piel me ardía como si estuviera en llamas, la cabeza me palpitaba y, entre mis piernas... estaba mojada. De una forma vergonzosa e incontrolable.

Estaba sucediendo otra vez... no, era mil veces peor.

El celo.

¿Pero por qué ahora? Él ni siquiera estaba cerca de mí.

Me doblé en el suelo, solté un quejido e intenté estabilizarme con las manos. Tenía la visión borrosa. Y entonces escuché la aguda voz de Suzy desde la sala.

—El aroma... viene de aquí —exclamó ella con asco—. ¡Creo que la tonta de Aina entró en celo!

Escuché que unos pasos apresurados se acercaban a mí. La voz gruesa de mi papá los siguió de cerca.

—¡¿Por qué es tan fuerte su olor?! —me gritó y se tapó la nariz—. ¡Que alguien le eche un balde de agua fría!

Mi mamá se agachó a mi lado y me miró con una mezcla de lástima y profunda repugnancia.

—Respira, Aina, por el amor a la Diosa —me exigió con frialdad—. Será mejor que te busquemos un lobo de bajo rango nosotros mismos para que pases esto de una vez. Quizá así dejes de aferrarte a esos estúpidos delirios de grandeza.

Estaban tan equivocados. Osborne Cliff era real. Su beso era real. Y venía en camino a buscarme.

Antes de que el agua fría llegara a mí, los músculos de mi cuerpo cedieron y me desplomé por completo sobre la madera.

Pero justo antes de que la espesa oscuridad me arrastrara al fondo de la inconsciencia... lo escuché y venía de la entrada.

Mi nombre.

—Aina —rugió esa presencia dominante.

Su inconfundible voz... Mi Alfa... Osborne.

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