Capítulo 3
POV: Aina

Parpadeé, atónita por lo que acababa de escuchar. ¿De verdad era Osborne, el hijo del Alfa? El pecho se me contrajo mientras tragaba saliva con dificultad.

—¿Qué quieres decir con eso? —susurré, con una voz temblorosa que apenas logré reconocer como la mía.

Era la primera vez que hablaba con él de frente. Siempre lo había visto desde lejos, muy rara vez, de hecho. Y cada vez que nuestras miradas se encontraban, él apartaba la vista a toda prisa. No por asco, no... nunca me miró de esa manera. Pero, aun así, tampoco me reconoció jamás. Éramos unos completos extraños.

Ahora me miraba de una forma que no sabía cómo interpretar.

—Quise decir que no quiero que ningún lobo te tenga... excepto yo —declaró Osborne, con una posesividad que se le notaba en sus ojos.

Yo tenía el corazón a tres mil. Me quedé loca, sin saber si era real o solo una broma de las suyas.

—¿Estás aquí para burlarte de mí? —pregunté en voz baja, a la defensiva.

Pero Osborne negó con la cabeza y se irguió para demostrar su imponente estatura. Esa característica sonrisa de medio lado se formó en sus labios mientras me miraba desde arriba como si yo ya le perteneciera.

—Yo, Osborne Cliff, futuro Alfa de la manada de Silver Crest, te tomo a ti, Aina Wilfred, para que seas mi compañera. Que la Diosa Luna sea testigo —proclamó con una voz profunda que hizo vibrar el suelo bajo mis pies.

Las palabras me impactaron como un rayo.

Retrocedí por instinto, pero su intenso aroma me envolvió como una manta pesada: cálido, dominante e irresistible. Mi loba, que había estado en un silencio doloroso y retraída todo el día, aulló de pronto con una vida renovada.

«¡Es nuestro!», bramó mi loba, feliz porque un Alfa nos reclamó.

«¿Qué... qué acaba de pasar?», me pregunté en mi cabeza.

Antes de que pudiera siquiera procesar su declaración, una sensación de debilidad me abrumó las rodillas. Un cosquilleo eléctrico me recorrió el vientre, como si algo en lo más profundo de mi ser hubiera despertado de una larga pesadilla.

Entonces lo sentí. El calor palpitante y húmedo en mi vagina. Mi cuerpo estaba respondiendo a él, pedía a gritos algo que solo el Alfa frente a mí podía darme. Y peor aún: el dulzor de mi aroma se disparó y llenó el aire de la plaza.

Oh, Diosa... estaba entrando en celo.

Y entonces lo escuché: un gruñido bajo y retumbante que provenía de su pecho. Levanté la vista, me encontré con sus ojos oscuros y me quedé paralizada.

«Oh, no».

Había un hambre primitiva en su mirada, como si se contuviera a base de fuerza de voluntad. Como si un solo aliento más de mi parte fuera a romper el poco control racional que le quedaba a su lobo.

Abrí la boca para hablar, para decir algo, lo que fuera, pero no salió ni un solo sonido.

«Esto... esto no puede estar pasando», dije en mi cabeza.

Pero en dos pasos largos, se paró frente a mí. Me agarró, firme, posesivo, y me apretó contra su pecho como si mi único lugar en el mundo estuviera allí.

Hundió el rostro en la curva de mi cuello y me estremecí por completo cuando su nariz rozó mi piel. Inhaló profundo y soltó un gemido ronco, como si mi aroma lo volviera loco.

Luego la sentí: su lengua, cálida y húmeda, rozaba mi cuello desnudo.

—Por favor... espera —supliqué en un susurro, sin aliento, apenas capaz de mantener un pensamiento coherente.

Se detuvo, pero solo se alejó un poco.

—Tu aroma... quiero devorarte —gruñó Osborne, con una voz que no ocultaba su deseo sexual.

Sus palabras me estremecieron. Mi cuerpo se tensó en respuesta, y un suave gemido de necesidad escapó de mis labios antes de que pudiera evitarlo.

Yo también lo sentía. La atracción magnética. La necesidad visceral de perderme en él.

Su aroma, espeso y arrolladoramente masculino, invadió mis sentidos hasta dejarme mareada. Lo anhelaba con cada parte de mi cuerpo.

Y entonces, así sin más, su boca comenzó a devorarme.

Fue un beso hambriento, posesivo y crudo. Un beso que no pedía permiso, sino que reclamaba lo suyo.

Su lengua se deslizó en mi boca, caliente, exigente, y lo dejé entrar sin resistirme, gimiendo contra sus labios. Nunca antes había besado a nadie. ¿Lo estaba haciendo mal? Era probable. Pero, de algún modo, a él pareció no importarle un carajo ese detalle. En todo caso, cuanto más nos besábamos, más parecía desmoronarse el control del Alfa.

Sus manos inmensas agarraron mi cintura y tiraron de mí con más fuerza contra su cuerpo, y por instinto levanté los brazos y enredé los dedos en su espeso cabello. Soltó un gruñido grave que vibró en mi pecho mientras amasaba mi trasero, como si estuviera memorizando el peso de cada una de mis nalgas.

—Abre más la boca —exigió en un murmullo. Su voz delataba toda su excitación.

Obedecí sin pensar, y nuestros labios se movieron en una sincronía perfecta, un ritmo en el que parecíamos caer con total facilidad. Me apreté más contra él, ansiando su calor que quemaba cada neurona de mi cerebro. Y su aroma a cedro, la posesividad de su tacto, me excitaban aún más... ¡Quería más, mucho más de él, más de eso! Cosas que ni siquiera podía nombrar aún, que solo podía sentir ardiendo en lo más profundo de mis huesos.

Entonces, el tono agudo de mi teléfono nos interrumpió.

Se apartó de golpe. Ambos estábamos con la respiración agitada. Nuestros pechos subían y bajaban como si acabáramos de salir de aguas muy profundas. Lo miré de reojo, aturdida. Tenía el cabello despeinado. Yo había hecho eso. Una extraña y poderosa emoción me recorrió de pies a cabeza.

Tragué saliva y alcancé mi teléfono con manos temblorosas. Era mi mamá. El estómago se me encogió en un doloroso vacío: la cena. Había olvidado que me tocaba cocinar. Ya era muy tarde.

—Tengo que irme —susurré, mientras la culpa calaba en mí, lo que apagó el fuego del momento.

No respondió de inmediato. Sus ojos siguieron en mí, con las pupilas dilatadas y la mirada oscurecida por algo salvaje y territorial.

—No cuando hueles así —gruñó Osborne, con la voz áspera y excitada.

Me tensé. Quería quedarme. Diosa, deseaba tanto quedarme allí, en sus brazos. Pero si no volvía a casa pronto, mi papá se molestaría y habría graves consecuencias.

—De verdad tengo que hacerlo —insistí, con más firmeza que antes, aunque odiara cada palabra que salía de mi boca.

Osborne me fulminó con la mirada, como si quisiera discutir y arrastrarme lejos de allí. Luego, despacio, casi a regañadientes, se inclinó otra vez y rozó con la nariz el hueco de mi cuello mientras tomaba una gran bocanada de aire. Temblé de pies a cabeza.

—Te llevaré a casa —sentenció, apartándose un paso—. Es demasiado peligroso que andes por ahí sola oliendo así.

«Pero dudo que alguien se fije en mí», pensé con amargura y desvié la mirada hacia un lado.

Nadie lo hacía nunca. No a una loba gorda y con gafas gruesas como yo... Oh. Cierto... Osborne Cliff sí lo hacía.

Condujimos hacia mi casa en silencio. El aire dentro del auto se sentía espeso. Había palabras que faltaban por decir. Me senté en mi asiento, rígida, e intenté asimilar lo que acababa de ocurrir. Osborne me había reclamado, pero reclamado de verdad, ante la Diosa Luna como su compañera. ¿Cómo era eso posible?

Y luego... me besó. No cualquier beso adolescente, sino uno que ardía y dejaba una marca imborrable en el alma.

No había actuado avergonzado ni asqueado de mí. No, para nada. Me había tomado, me había poseído con un hambre que yo no comprendía, pero que sentí hasta el fondo de mi espíritu. Tenía mil preguntas dando vueltas en mi cabeza, desesperada por encontrar respuestas, pero ninguna de ellas importaba más que llegar a casa ilesa.

Solo esperaba que no fuera demasiado tarde.

Mi papá jamás se tomaba la desobediencia a la ligera.

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