—No es asunto tuyo, maldita sea.
Me acerqué, cerrando el puño en su cabello y tirando de su cabeza hacia atrás hasta que sus ojos se vieron obligados a encontrar los míos. —Contéstame.
—Sr. Kingston...
—¿Lo eres? —gruñí.
Su boca se curvó levemente, una sonrisa burlona. —Sí.
La palabra me golpeó como un mazazo.
—De hecho —continuó ella, con la voz dulce como el veneno—, me tuvo contra esta misma pared anoche mientras él...
Perdí el control.
Mi mano se deslizó de su cabello a su g