*—Dante:
Había algo que tenía que afrontar por más que lo evitara: la renuncia de Ezra.
Su asistente había sido muy claro. Dos semanas. No más. Esa brutal certeza obligaba a Dante y a su equipo a moverse para encontrar un reemplazo cuanto antes. Una parte de él insistía en que aquello era absurdo, que aún podía convencerlo con cualquier excusa, cualquier gesto… cualquier súplica disfrazada de autoridad, pero la otra parte, la que conocía la dureza del mundo profesional y la terquedad de Ezra, l