*—Dante:
Su primo había lanzado una pregunta desarmante: ¿te gusta o no te gusta Ezra?
Y Dante se quedó mudo, atrapado en un silencio que le arañó la garganta.
Desvió la mirada hacia su regazo y dejó escapar una risa baja, seca, sin una pizca de humor.
Claro que le gustaba. Claro que lo deseaba, pero admitirlo en voz alta era como hundirse las uñas en la propia piel y abrirse la carne a propósito, dejando expuesta una verdad que no quería que nadie viera.
Desde el bautizo de sus sobrinos todo