*—Dante:
Dante avanzó por el pasillo hasta la habitación.
Ezra no parecía estar allí. Había demasiado silencio. El olor impregnaba el lugar, sí, pero era el aroma que se quedaba por el tiempo, no la presencia viva y reciente.
Avanzó más y vio que la puerta estaba abierta y, incluso desde fuera, pudo percibir algo que lo hizo detenerse un segundo: su propio aroma flotaba en el aire.
Dante frunció levemente el ceño, desconcertado.
¿Por qué olía a él allí?
Movido por la curiosidad, cruzó el umb